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La nueva normalidad

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La nueva normalidad

El ser humano a menudo parece no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un inmediato uso y consumo. En cambio, era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en contacto con la naturaleza como "dueño" y "custodio" inteligente y noble, y no como "explotador" y "destructor" sin ningún reparo. Juan Pablo II – Redemptor Hominis.

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Ahora tenemos la tecnología para destruir el planeta donde vivimos, pero todavía no hemos desarrollado la capacidad de escapar de él. Tal vez en unos cuantos cientos de años, estableceremos colonias humanas entre las estrellas, pero en este momento solo tenemos un planeta, y tenemos que trabajar juntos para protegerlo. Stephen Hawking – The Guardian

Esta semana, mientras California cuenta las víctimas de los devastadores incendios de sus bosques, e Italia y Francia se recuperan de las inundaciones después de las lluvias torrenciales, instituciones y actores principales de este continente se reunirán en Roma en ocasión del Foro Europeo para la Reducción del Riesgo de Desastres, organizado por las Naciones Unidas, para buscar soluciones eficaces para acelerar la aplicación del Marco de Sendai. El acuerdo voluntario de Naciones Unidas de 2015, da a los Estados el papel fundamental de reducir el riesgo producido por los desastres naturales y, más importante aún, considera que la gestión de los retos humanitarios y económicos que éstos plantean, solo puede tener éxito si los sectores público y privado colaboran. Con ello se pone de manifiesto una realidad esencial en materia de cambio climático: aut simuls stabunt aut simul cadent! No existe una separación en el destino de los sistemas, se mantienen juntos o caen juntos.

En efecto, en el transcurso de la última década —tanto si nos encontramos explorando un glaciar casi desaparecido como si trabajamos en una infraestructura operativa—, al observar las condiciones meteorológicas nos hemos dado cuenta progresivamente de que la humanidad ha entrado en el "Antropoceno", una nueva era geológica en la que, según los científicos, la huella humana en el planeta se percibe de forma significativa. Sin entrar en el debate sobre la atribución de responsabilidades por el cambio climático, solamente para evitar quedar atrapados en lo que para algunos es —por suerte unos pocos, aunque de una cierta relevancia— un argumento meramente ideológico, solo revisando los datos meteorológicos seguros y objetivos podemos concluir que algo ha cambiado en el mundo. En efecto, la Humanidad ha traspasado algunos de los límites planetarios, identificados por el profesor Rockström, y está a punto de traspasar más si no perseguimos colectivamente las transiciones y transformaciones fundamentales de la sociedad y los sistemas, como se señaló en el último informe del IPCC.

Por otra parte, se observa un progresivo aumento de conciencia, vinculado a las extremas condiciones meteorológicas de los últimos tiempos, che han llamado la atención de muchos por las pérdidas humanas y económicas causadas por los desastres naturales.

En efecto, examinando los datos del año pasado registrados por los Centros Nacionales de Información Ambiental de Estados Unidos, se observa que el 2017 fue el año más cálido no influenciado por El Niño desde 1880 caracterizado por una gran incidencia de olas de calor severo y extremo, sequías, incendios forestales, inundaciones y, por último, pero no menos importante, huracanes. Sin contar el insoportable peaje en víctimas humanas, y mirando únicamente al impacto económico, según Múnich RE, el 2017 fue el año más costoso de todos los tiempos en términos de desastres climatológicos mundiales con una factura de 330.000 millones de dólares. 

Si ampliamos el horizonte de observación anual a un intervalo de varios años, los datos disponibles muestran trayectorias de crecimiento determinantes. Desde 1980, se ha triplicado el número de siniestros de origen climatológico, meteorológico e hidrológico.    

Además, si observamos la convergencia entre los diferentes grados de antropización —referida al rápido crecimiento de las megalópolis y en particular a los recursos y flujos de las mismas como porcentaje de los valores mundiales— y la geolocalización de los desastres naturales, es evidente que el riesgo está creciendo exponencialmente.

Analizando todos estos datos y muchos más que la comunidad científica está monitorizando, desde las emisiones de CO2 hasta la reducción de los glaciares de los Andes a los Alpes, es evidente que se trata de una nueva normalidad en la que la Humanidad vivirá y que se caracteriza por una mayor exposición y vulnerabilidad a los riesgos naturales.

Una nueva normalidad que está saliendo del ámbito científico y de las organizaciones supranacionales para entrar en los gabinetes gubernamentales y salas de juntas a nivel mundial, y empieza a ser tenida en cuenta en la planificación estratégica y en las actividades cuotidianas. Este nuevo entorno operativo nos exige, a cada uno de nosotros, un enfoque holístico hacia la resiliencia —definida como la capacidad de un sistema de tolerar las perturbaciones manteniendo/volviendo rápidamente a la estructura y funciones normales —, un enfoque que el sector privado tendrá que asumir como propio con responsabilidad social. Un sector en el que las empresas líderes que desean cambiar el mundo son plenamente conscientes de su papel de administradores responsables del planeta Tierra en el camino hacia un futuro sostenible basado en la economía circular.

Esta visión de una nueva normalidad requiere competencia y preparación, siendo conscientes de que las empresas no pueden llevar a cabo sus actividades obviando las interdependencias con otros sistemas, sino que, por el contrario, la resiliencia de las empresas requiere comprenderlas y gestionarlas. 

Construir un futuro resiliente para las empresas, como las que forman parte de la Alianza del Sector Privado para Sociedades Resilientes a los Desastres (ARISE) de Naciones Unidas, significa armonizar los intereses para promover el debate y los planes de acción. Más concretamente, facilitar el intercambio de experiencias y conocimientos sobre proyectos tangibles de reducción del riesgo de desastres naturales —por ejemplo, pasar de la lógica del Run-to-Failure al mantenimiento preventivo, aprovechando por completo los beneficios de la digitalización— y promover, dentro y fuera de la propia red de relaciones, la adopción de estrategias innovadoras, el desarrollo de parámetros y estándares de inversión, y marcos jurídicos y reglamentarios que incorporen la nueva normalidad operativa. Conscientes de que los cambios fundamentales que caracterizan y caracterizarán esta nueva normalidad implican no solo respuestas apropiadas, sino también una preparación y prevención sistémicas adecuadas a los retos por afrontar.

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