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Sostenibilidad medioambiental

Para mantener el equilibrio del ecosistema natural, es necesario refrendar el pacto que existe entre el ser humano y el planeta. Los desafíos que hay que superar, gracias, entre otros, a la ayuda de las energías renovables, son la reducción de las emisiones nocivas y la lucha contra la contaminación.

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Cuando hablamos de sostenibilidad medioambiental debemos tener en cuenta un elemento fundamental, y es que nos hallamos ante un tema que concierne a la propia existencia del planeta en el que vivimos.

No es casualidad que la idea de la sostenibilidad medioambiental haya evolucionado tanto que casi se superponga en la actualidad al concepto de desarrollo sostenible. De los aspectos meramente ecológicos hemos pasado a un significado más amplio que incluye implicaciones sociales y económicas para el medio ambiente.

Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente significa mantener el equilibrio de nuestro ecosistema natural. También supone luchar contra la contaminación, adoptar medidas drásticas en cuanto a las emisiones nocivas y la producción de residuos y poner en marcha procesos económicos justos e innovadores que impulsen la optimización, el reciclaje o la reutilización de los recursos. Un ecosistema de comportamientos para un único y gran objetivo.
 

Contaminación atmosférica, del suelo y del agua

Buscar la sostenibilidad del medio ambiente supone, en primer lugar, enfrentarse al enemigo número uno, la contaminación. Y no pensemos únicamente en la imagen de una ciudad abarrotada de coches y cubierta por una capa de smog. Ese perfil simbólico se refiere únicamente a la contaminación atmosférica, que representa una parte mínima de las distintas formas de contaminación que pueden menoscabar los procesos de sostenibilidad medioambiental.

Los gases de los tubos de escape, la combustión de gases naturales o artificiales, los sistemas de tratamiento de residuos, los agentes químicos utilizados en la agricultura o la industria, las emisiones de CO2 de los sistemas de ventilación y calefacción son, todas ellas, emisiones de distintos tipos de vapores y gases nocivos —incluidas las dioxinas y el dióxido de carbono— que afectan negativamente a la composición del aire que respiramos. Cuando las emisiones alcanzan concentraciones excesivas, no es suficiente con alternar las matrículas de los coches, ya que nuestro cuerpo y el propio medio ambiente no pueden deshacerse de los residuos.

Del cielo a la tierra, la lucha por la sostenibilidad medioambiental también implica el control de la contaminación del suelo. Se trata de un factor que altera la composición química natural de la tierra debido a actividades humanas nocivas, como el uso de productos químicos y fertilizantes, el abandono de residuos no biodegradables o el vertido de aguas contaminadas y de disolventes en zonas inadecuadas.

Por último, pero no por ello menos importante, tenemos el agua. La contaminación del agua afecta de manera cada vez más alarmante a mares, ríos y lagos debido a vertidos ilegales de aguas residuales y a residuos de diverso tipo, incluidos los domésticos, los industriales y los urbanos. Una de las grandes batallas para la reducción del uso de los plásticos tiene una razón bien fundada precisamente en la contaminación del agua, ya que desde el año 2000, los residuos de plástico encontrados en el océano Atlántico se han triplicado.
 

Objetivos para el desarrollo medioambiental

Los objetivos que se persiguen para mantener el equilibrio entre el ser humano y el medio ambiente se resumen en una sola palabra: reducir

Las emisiones de CO2 a la atmósfera

La extracción de sustancias naturales de la corteza terrestre

La producción de sustancias y compuestos químicos

La degradación física de la naturaleza y los procesos naturales

La producción energética a partir de fuentes convencionales se encuentra entre los sectores más contaminantes. Solo el CO2 de la combustión del carbón es responsable de hasta el 81 % de las emisiones de gases de efecto invernadero y es la principal causa del calentamiento global. La necesidad de reducir las emisiones de dióxido de carbono debe necesariamente impulsar la aceleración del proceso de transición energética hacia fuentes renovables, con el fin de reducir drásticamente el nivel de CO2 y tender puentes hacia el futuro de nuestro planeta.

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La economía azul, una posible utopía

Si la economía verde dirige los mercados mundiales —desde el productor hasta el consumidor— hacia la generación y el uso de energía sostenible para combinar el ahorro energético con la reducción de los niveles de contaminación, la economía azul, por su parte, no solo tiene como objetivo reducir, sino que apuesta por su desaparición total.

El concepto de economía azul fue desarrollado en 2010 por el economista y empresario belga Gunter Pauli. La economía azul se marca el objetivo de no producir ningún residuo peligroso para nuestro planeta y, al mismo tiempo, conseguir mayores beneficios con una menor inversión de capital. ¿Se trata de una utopía? El blue thinking se centra en las innovaciones tecnológicas y en la transformación de sustancias previamente desaprovechadas en bienes rentables. En pocas palabras, en el reciclaje y la reutilización.

Más en concreto, la economía azul propone nuevas soluciones también para las actividades relacionadas con los océanos (pesca, acuicultura, industria de la transformación alimentaria, astilleros y actividades relacionadas). Un potencial para el que la Comisión Europea está dispuesta a destinar 6.140 millones de euros en el presupuesto 2021-2027 de la UE. El objetivo es crear un fondo para invertir en nuevos mercados, tecnologías y servicios marítimos como la energía o la biotecnología marinas.

Lo que está en juego es un nuevo frente de desarrollo económico con amplias perspectivas. Millones de puestos de trabajo, nueva vida para los sectores tradicionales de la economía y para los nuevos sectores emergentes. Además de salvaguardar los ecosistemas marinos. Todo, por supuesto, más que sostenible. 

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